José Rodríguez Torrente
José Rodríguez Torrente

Al olor del membrillo.
(J. Rodríguez Torrente. Fotos: A. González)

Era tradición aprovecharlo para preparar dulce y jalea. Entre los muchos frutos que la naturaleza brinda en otoño, están los membrillos que si bien proceden de árboles poco abundantes, sí han sido suficientes para dar lugar a lo largo del tiempo al cultivo y aprovechamiento de sus frutos, aunque en la actualidad sus producciones han mermado considerablemente a causa del despoblamiento y abandono de tierras, a lo que hay que añadir la superación de la economía de subsistencia, que aprovechaba todos los recursos de la tierra favoreciendo el autoconsumo. Antes, los que lograban obtener muchos membrillos los solían cambiar por otros productos o vender. Hoy, aún se ven estos árboles muy ramosos florecer en abril y llegar a la sazón en octubre, e incluso es fácil ver madurar y caer a tierra sus frutos sin ser aprovechados en algunos lugares que han sido abandonados o ver el arbusto asilvestrado o perdido.
Aprovechamientos.
El aprovechamiento más famoso del fruto es “la carne de membrillo” o “dulce de membrillo”, que se solía hacer en las casas para luego consumir como postre o merienda. Aunque son más los aprovechamientos que se han dado o se dan, como la jalea o la obtención de su aroma. El membrillo nace de un arbusto de la familia de las rosáceas que se encuentra mayormente en tierras de regadío, también puede nacer silvestre. Su característica más notable en otoño es pasar por el lado del árbol y embriagarse de su olor, por eso sus frutos han sido colgados en las despensas, metidos entre la ropa o puestos en cualquier lugar de la casa que se quisiera aromatizar. La carne del membrillo es áspera y granulienta y para comerla cruda ha de estar bien maduro el fruto, asado o cocido se convierte en un auténtico manjar. Para tenerlo conservado durante mucho tiempo hay que coger el fruto en la propia rama y procurar no golpearlo, pues si no se pudre con facilidad.
Carne de membrillo.
Después de pelar y hacer trozos la pulpa del membrillo, además de limpio de semillas se pone a cocer. Una vez cocido, el agua sobrante puede ser utilizada pata hacer la jalea que más abajo se explica. Al fruto cocido se le añade la misma cantidad de azúcar o miel, si es con miel es conveniente darle un hervor y quitarle la espuma a la que se añade el membrillo cocido y se pone al fuego dándole vueltas hasta que adquiera consistencia, si se deja más liquido entonces se obtiene una mermelada que es necesario guardar en frascos y darles el baño maría. Los griegos ya conocían esta receta.
Jalea.
El agua en la que se ha dado un hervor al fruto troceado o rallado se cuela exprimiendo el residuo. Luego se pesa y se le añade la misma cantidad de azúcar. Mezcla que ha de hervir a calor suave durante media hora, aún caliente se introduce en recipientes, y una vez frío queda convertido en jalea de un sabor exquisito y color agradable.
Virtudes.
El membrillo es un fruto muy astringente si se come crudo, menos si ha sido cocinado, por lo que es muy útil para combatir las diarreas, R. Dextreit, un naturista francés, también lo recomendó contra la disentería, hemotisis, leucorrea y tuberculosis. “El fruto seco en la proporción de cuarenta gramos por litro de agua se deja hirviendo diez minutos y se bebe a voluntad o también se usa para gargarismos o enjuagues bucales e irrigaciones contra la relajación de la vagina o del útero. Para beber a voluntad, las semillas y las hojas se cuecen, las primeras en la proporción de una cucharada de café por taza y hervor de dos minutos, las segundas un puñado por litro de agua hirviendo, se deja en infusión diez minutos”.


La Carrasca o Encina. Árbol emblemático.
(José Rodríguez Torrente)

Los encinares son representativos de la Península Ibérica. Los más extensos de las sierras de Albacete se encuentran en la Sierra de Alcaraz, desarrollándose sobre suelos calizos y entre los 800 y 1.300 metros. Se presentan a la vista como una formación abierta de tierra que generalmente ha sido acotada y destinada a pastos, “dehesas”, que dan la sensación de estar en un estado de equilibrio precario a causa del aprovechamiento ganadero y, a veces, por usar la madera como combustible. En los últimos años parecen más recuperados. Conforme se baja hacia el Sureste de la provincia, a la encina le quita protagonismo el pino y cuando se llega a las estribaciones de la comarca de Hellín prácticamente desaparece. En la Sierra del Segura, está mezclada con el pino y su presencia es mucho menor dependiendo de los lugares, de la altitud y las condiciones climáticas.
Las bellotas
La bellota ha sido y es un fruto consumido por el ganado. A los cerdos que las comen es famoso otorgarles que de ellas sacan los jamones serranos su exquisito aroma. Pueden ser dulces o amargas, estas últimas siempre han ido a parar al consumo de animales. Las dulces han sido consumidas por el hombre, asándolas de manera similar a las castañas o cociéndolas, y en diversos lugares existen recetas de platos cocinados con bellotas. Las bellotas que no son aprovechadas por el hombre, bien para él mismo o para el ganado, constituyen un sabroso alimento para animales silvestres como la ardilla, que las recolecta, consume e incluso conserva bajo tierra, contribuyendo en muchas ocasiones a la expansión de encinas y robles. Entre los pájaros, quien es conocido por su afición a comer bellotas es el randrajo. Según Quer, la bellota se debe coger gorda y sana si se quiere usar como remedio, se separa la cáscara y se le pone a secar cuidando de que los insectos no la ataquen, después se reducen a polvo. Son astringentes y propias para el cólico ventoso. Los flamencos las toman con vino para curar los cólicos que la cerveza les causa; igualmente son buenas para los flujos de vientre... En algunos sitios de la Sierra del Segura cocían y bebían el agua de las bellotas, el laurel, los zompos de maíz o los pelos de las panochas para remediar afecciones del aparato respiratorio. Y para el dolor de muelas, cuando el dentista era aún más extraño que el médico, masticaban raíces de carrascas. La madera de la encina es muy apreciada por ser dura y compacta. Con ella se han elaborado herramientas de carpintería como cepillos, mangos, aparte de muebles y otros útiles.
El chaparro.
En la sierra la encina es más conocida como carrasca, denominación que algunos atribuyen a la mata de la encina o a una encina pequeña, pero en la sierra a la mata de encina o de roble se le conoce como chaparro, caracterizándose por su poca altura y muchas ramas. Florece en primavera, con flores de dos clases, masculinas y femeninas. Las masculinas formando gatillos o ramitos muy ralos y endebles, y las femeninas solas o agrupadas unas veces sobre cabillos y otras no, que en los frutos ya hechos pueden alcanzar una considerable longitud. Maduran las bellotas en otoño. A sus raíces, al igual que a las de los robles, avellanos..., pueden aparecer asociadas los micelios que dan lugar a un preciado hongo, la trufa, que madura y se recoge en invierno, aunque no todos los árboles acogen a este estimado y buscado hongo. Y una virtud más que se le ha atribuido a este árbol es su carácter sagrado, así lo entendieron los galos, que consideraban también dotados de poderes mágicos a robles y manzanos. Muchas leyendas destacan apariciones marianas junto a encinas, así la aparición de la Virgen de Cortes en Alcaraz, y en la Biblia el Señor se apareció a Abraham junto al encinar de Mambré donde le anunció que Sara su mujer, ya estéril, tendría un hijo.

     
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